
Este retrato femenino pertenece a la última etapa del pintor y forma parte de la serie denominada por Romero de Torres como Chiquitas buenas. La modelo que utiliza en esta ocasión es la misma que la del cuadro Fuensanta.
Romero de Torres al concebir este cuadro en 1928, pensó en el cúmulo de vivencias que marcaron su arte. Retrato del perfil de una joven, peinada a la moda de los años veinte, lo que no le resta clasicismo a la composición. Sobre un fondo oscuro resalta este luminoso busto femenino de una hermosa joven de piel clara. Su corta melena negra deja al descubierto su cuello y hombro derecho. Sus pómulos levemente maquillados, su fina nariz y boca y sus ojos serenos, ayudan a marcar unas facciones suaves y dulces. En sus manos sostiene un candil árabe, influencia del ambiente donde se desarrolló la niñez del artista.
La gran afición por la arqueología que sintió su padre, Rafael Romero Barros, que fue fundador del Museo Arqueológico, y que luego continuaría su hermano Enrique, fue el motivo de que sucesivas veces el pintor tomara como elementos decorativos piezas arqueológicas, muchas de las cuales podemos reconocer en la gran colección existente en el patio de su casa natal.
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Museo Julio Romero de Torres. Plaza Potro 1, 14002 Córdoba
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